Bitácora del Umbral

Las primeras ideas surgieron retomando recuerdos de mi infancia y mi obsesion por los garabatos en todos mis cuadernos del colegio, de la catequesis, y revistas que me obsequiaron, fue muy probable que eso tuviera un explicacion psicologica, pero no es el tema que me interesa abordar en este momento, allí he retomado esa idea como punto de partida de mis obras.

El garabato no es una forma: es un gesto.
No comunica, no representa, no busca belleza ni coherencia. Es el cuerpo moviéndose antes de que la razón le imponga un mapa.
Por eso el garabato es una deserción simbólica: abandona el deber de significar. No destruye nada. Simplemente se retira, un instante, de la obligación de tener un para qué.

Pero yo no dejo el garabato en el papel. Lo construyo.
Lo paso al alambre, al cable, a la cinta, al material que aparezca entre mis manos. Lo fijo, Lo vuelvo durable. Lo expongo lo reconvierto. Le doy un nombre.
Ese gesto es un sabotaje: obligo a la deserción a comparecer ante el sentido. Convierto la fuga en obra. Capturo lo que huía y lo pongo a la vista de los racionales.
Apeiron hace las dos cosas a la vez:
deserta del sentido y sabotea esa deserción.

El garabato es un gesto emancipador de la racionalidad, convertido en obra contemplativa para quienes viven dentro de la razón.

No busco agradar.
No busco comunicar un mensaje.
No busco representar algo.
No busco armonía, ni ritmo, ni trama.
Apeiron no carece de ritmo, carece de ritmo diseñado, el orden aparece pero nadie lo determino, aparece en el infinito.
El espectador racional busca figura y ecuentra gesto, busca sentido y patrón y encuentra azar.

Busco expresar aquello que siempre estuvo gritando con voz muda desde mi infancia, y ahora transmutado por la experiencia azarosa, erratica, caotica, y afortunada de la vida eructó su expresión visceral.

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